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Opinión | Vidas invisibles

Vidas invisibles

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Tiempo de lectura: 3 minutos

Vidas invisibles… Por Tony Paulino, Escritor

Recuerdo que de niño, mientras estudiaba en la Escuela Intermedia Manuel Cuevas Bacener, en Villa Palmeras, leí uno de los libros que más ha marcado mi humanidad hasta el presente. Lo logró una escena en la que un hombre y su perro quedaron a la deriva en un pequeño bote, sin ninguna provisión a bordo.

Al principio de la osadía, el hombre anidaba el perro en su regazo procurando que el pelaje del animal atenuara el frío que traía la noche. Al cabo de unos días, éste empezó a sentir los retortijones del hambre atroz que sin duda carcomía sus tripas. Con lógica, pensó que a su compañero le debía ocurrir lo mismo, por lo que se alojó en su mente la desconfianza y lo alejó de él justo a la otra esquina, por temor a que llegara el momento en que uno de los dos se tuviera que comer al otro para sobrevivir.

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Tomó su cuchillo y lo mantuvo en su diestra, presto a utilizarlo, mientras esperaba el azaroso desenlace. No sabemos qué pensamientos pasaron por la mente del perro, sin embargo, cabizbajo, con la mirada triste; justo en el lugar donde lo colocó su dueño, allí mismo murió sin siquiera esgrimir un gemido.

Regresando a nuestro mundo de carne y huesos, tenemos la noticia sobre la muerte del famoso fotógrafo René Robert, quien aparentemente resbaló y murió de frío, frente a miles de transeúntes en una muy concurrida calle de París, que pasaron por su lado sin prestarle asistencia ni la mínima atención, porque lo creían un mendigo, lo que produjo gran indignación, pero no exactamente por la muerte de un ser humano, sino porque se trataba de un fotógrafo famoso que se pudo haber salvado.

Vidas invisibles

Conjugando ambas historias, vino a mi mente la noticia de Juan Bautista Otero Otero; el hombre que encontraron muerto sobre un banco de cemento en Río Piedras. Un indigente, mientras un perro, su fiel amigo, permaneció a su lado hasta que levantaron el cuerpo. El país entero se desbordó para reconocer y felicitar al galeno que se dignó en adoptar el animal, lo que aplaudo con todo mi corazón, pero no que esa resultara ser la gran noticia, y no la muerte ni la secuela de eventos que seguramente precedieron tan cruel desenlace.

Debo asumir que, después de todo, sólo se trataba de un infeliz deambulante menos. Tengo un perro al que mi esposa y yo amamos, cuidamos y protegemos con nuestras vidas de ser necesario. Pero eso de por sí solo, de ningún modo significa humanismo, don de gente. No si nos tapamos los ojos ante las tragedias de otros humanos porque los creemos menos… y nos resultan sus vidas invisibles…

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